sábado, 10 de marzo de 2018

ALBERTO HIJAR

Textos
Cantor Épico
Alberto Híjar Serrano



Jorge Gasca Salas presentó al terminar una exposición de León Chávez Teixeiro en Coyoacán, un proyecto de libro que parecía imposible. Incluiría la biografía del cantor, pintor y militante político, muestras de sus pinturas, dibujos y carteles, un cancionero y fotos de él y sus colegas para ilustrar los testimonios de compañeras y compañeros a la par de los registros de influencias de América y de procesos revolucionarios, desde la Comuna de Paris de 1871 hasta la Revolución Cubana y las frustradas revoluciones en América. “Eco colectivo” llama el filósofo Gasca a lo que en realidad es su arduo trabajo testimonial y documental. Desde aquella exposición “Microfísica del poder” de 2014, año en que León recibió el Premio Nacional Carlos Montemayor para luego tocar y cantar en la Unión Popular de la colonia Martín Carrera en el Día Internacional de la Mujer de 2015, Gasca trabajó el libro y su costosa edición hasta encontrar la solidaridad de la editorial Itaca que hizo posible su presentación el 28 de febrero de 2018, entre las 1400 actividades de la Feria del Libro en el Palacio de Minería, nombrado así por los nostálgicos del coloniaje. En la fila para entrar al pequeño salón que se llenó, Rafael Catana el legendario cantor y poeta del Movimiento Rupestre y al empezar el acto, Roberto González ocupó lugar en la primera fila. Hubo que mencionarlos y citar la emblemática canción “El Huerto” de Roberto, también figura principal de Los Rupestres, organizadores del nuevo canto en México distinto y opuesto a la industria del espectáculo. La frase citada en mi comentario del libro es: “y con qué fin toda esta dialéctica en la historia”.

El problema de la cultura de crítica extrema a los socialismos reales, la vida cotidiana, los procesos de significación y reproducción con la emergencia de nuevos héroes como el Che, Mao, Lucio Cabañas y Ho Chin Minh, da lugar a un movimiento que parece centrarse en el 68,pero que tiene que ver con la debacle de los partidos comunistas, la emergencia de organizaciones político-militares, la solidaridad internacionalista contra las dictaduras en América y por los movimientos anticoloniales en África, Vietnam y Kampuchea, todo lo cual concretó transformaciones sustanciales de la vida urbana y de los proyectos democratizadores. La figura histórica León Chávez Teixeiro sintetiza toda esta dialéctica con su vida en la Comuna de la Santa María, el trabajo del Partido Mexicano del Proletariado en la Martín Carrera y otros lugares y en la derivación del Grupo Bertolt Brecht al encuentro de una épica de los trabajadores más explotados y de las ignoradas mujeres combativas pese a sus obligaciones domésticas. Es bueno tener presente en el Día Internacional de la Mujer, la emblemática canción de León que repite “se va la vida, se va al agujero, como la mugre en el lavadero”. Metáforas y alegorías del barrio, sus azoteas, sus barrios, lo mismo están en “El Gato” de las primeras, que en la poética concretada en imágenes como “la ropa en el tendedero se agita más de la cuenta”. Y las terribles presencias desapercibidas como la de “Andrea Fernández hija de un infeliz, su abrigo verde raído con su hija y su veliz”.
Proletariado sin conciencia ni vanguardia política, procesos de vida sin trabajo fijo ni más proyecto que mitigar el hambre y el frío dan lugar a historias de amor como la del distraído obrero que pierde cuatro dedos cortados por la lámina de 15 metros, 6 pulgadas, 4/8, 16: “las heridas me dolieron casi tanto como tú”, “el patrón está molesto pues la banda se paró”. Ciudad gris, llena de humos y suelos sucios, cuartos como la familia de Ponciano Flores “cinco hijos, su mujer y la miseria”, la esperanza en quienes no se dejan derrotar por los crímenes de Estado y los patrones que son lo mismo, construyen una épica necesaria. Asombra la permanencia de León en los actos de lucha popular donde sus canciones son coreadas y pedidas a gritos como una especie de reconocimiento a una vida íntegra que no se ha dejado seducir por los mercachifles ni necesita de presentaciones panfletarias. De aquí un nudo de relaciones sociales entrañables, amorosas y una “microfísica del poder” concretada en un modo de ser y parecer sin concesiones burguesas. El reconocimiento a músicos y poetas entre los que destaca Álvaro Guzmán, está en todo el libro.
El libro de 442 páginas incluye cronologías, bibliografía, historia de vida, de exposiciones y grabaciones y un cancionero con los acordes de las canciones organizados por Jorge Gasca, Luis Ángel Orduña, Arturo Orduña y Arturo Palacios, todos partes de la legión constructora del nuevo mundo necesario. Tal es el libro que da cuenta de la figura histórica de León y de las tiernas y furiosas peripecias por las que transcurre. 

8 de marzo de 2018   


lunes, 19 de febrero de 2018

domingo, 21 de enero de 2018

Los foros del dramaturgo Enrique Balleste

Buenas noches de parte de,
Los foros del dramaturgo
Enrique Ballesté
(Tercer lunes de enero)

Lo importante de saber jugar a la vida.
Para Meche Ballesté

Durante el turbulento 1968, a un lado de la Torre de Rectoría en la UNAM, la presencia de un prisma rectangular armado con láminas distorsionaba la armonía del campus, era una cápsula que escondía la dinamitada estatua de Miguel Alemán, obra del escultor Ignacio Asúnsolo. Para la mayoría de los estudiantes de los años 50, la imposición de tal autoelogio agredía la autonomía universitaria y esa fue una de las razones por las que, en varias ocasiones, se atentó contra la enorme mole.
Curiosamente, mientras existió esa metálica tapadera, el sitio sirvió como punto de encuentro de artistas plásticos y organizaciones estudiantiles. A veces, frente a esas láminas, se colocaban unos andamios para convertir el lugar en un perfecto foro de eventos político/culturales.
Este año se cumplirá medio siglo de la creación dominical de un efímero mural colectivo, elaborado ahí, a unas semanas del 2 de octubre, por una veintena de pintores para demostrar así su solidaridad con el movimiento estudiantil.
Los artistas, convocados por El Comité de Huelga, llenaron de color las monótonas láminas de zinc. Más con brochas que pinceles, estaban involucrados Felguérez, Messeguer, Cuevas, Medina, Olachea, Lilia Carrillo y Fanny Rabel, entre otros tantos.

Eran épocas difíciles, y “tomar la calle” era un asunto de alto riesgo, pero dentro del campus universitario se respiraba cierta libertad, cobijo y seguridad.
Después del 68, ya con las pinturas borradas durante la intervención del ejército en CU, el gran cubo siguió como referente para imaginar eventos. Recuerdo cómo varios jóvenes pintores, dirigidos por Jorge Hernández Delgadillo, se esmeraban en hacer de nuevo ahí mismo sus narraciones pictóricas, mientras los mejores músicos populares, de ese tiempo, cantaban su versión de lo que sucedía en nuestra sociedad.
Algo de lo que entonces se estaba viviendo se preservó en blanco y negro, mediante el registro de algunos de los entonces estudiantes de cine del CUEC/UNAM, era muy común ver a Leobardo López Arretche filmando por todos lados, y cuando decidió editar todo su material, dejó para la posteridad su más importante película, “El Gritó”.
De una rara y poco conocida cinta en color, obra del cineasta experimental Raúl Kampfer, obtuve para compartirles estas imágenes de lo que en ese entonces se pintó ahí.
Fue en uno de aquellos eventos organizados en el cubo, donde al lado de Óscar Chávez, José de Molina, Los Nakos y el infaltable poeta Leopoldo Ayala, escuché por primera vez cantar a Enrique Ballesté.


En 1972, parte del gran cubo fue removido por unos aguerridos estudiantes, querían dar a ese zinc un mejor destino y utilidad. En una noche sin luna desarmaron las láminas, las cargaron a lomo y cruzaron la explanada en dirección a El Pedregal de Santo Domingo, una nueva colonia aledaña muy pobre, ahí “donaron” sus trofeos para que fueran parte de los muros y techos de una escuelita primaria comunitaria y humilde, la Emiliano Zapata.

El conglomerado de las improvisadas casas, montadas sobre el agreste pedregal de Santo Domingo, fue producto de una toma iniciada el 1 de septiembre de 1971 por familias que migraron desde varios estados al D. F.
En medio de las siempre imperantes tolvaneras, era común encontrar en la colonia el solidario apoyo estudiantil, y cuando los maestros de la escuelita Emiliano Zapata invitaron a La Peña Móvil para tocar en sus improvisadas aulas, ahí coincidimos por primera vez musicalmente con Enrique Ballesté.
Después de desmontar un par de veces las láminas de aquel armatoste que tanto problema le ocasionaba a las autoridades universitarias, para evitar la vergüenza de tener a la vista de todos la destrozada escultura, una mañana la explanada de CU amaneció sin cubo, sin escultura y los restos del expresidente impuesto en el campus, quedaron abandonados en el basurero del vivero alto.
En el mismo sitio donde se fundó aquella modesta escuelita, hoy funciona el muy recomendable y combativo Centro Cultural de Artes y Oficios “Escuelita Emiliano Zapata”.

Una vez desaparecido el estorbo de la explanada, rápidamente los espacios para seguir haciendo música y teatro no sólo se mudaron a otros lugares sino que se multiplicaron. Por esas épocas Mario Orozco Rivera montó un espectáculo en el que, además de pintar, graciosamente imitaba el hablar de Pinochet, vociferando simiescamente. Mientras tanto, a un lado, Delgadillo daba forma a su obra conformada por trazos plagados de largas caras mezcladas con fusiles, rojas estrellas, machetes y puños bien cerrados, tan sugerente arte se vertía sobre unos interminables rollos de un papel, significativamente llamado revolución, y así, las ideas, al igual que el fugaz mural, se desenrollaban enfocadas como misiles dirigidos a los enemigos sociales de entonces. Aunque al final del evento las pinturas se convertían en basura, estoy seguro que todo el conjunto de aquellas tesis poco a poco fueron permeando la conciencia estudiantil.
Un evento así, fue organizado por los pocos luchadores sociales de nuestra entonces nada combativa Facultad de Química, y sucedió en la cafetería, una mañana las paredes aparecieron tapiadas de consignas, se pronunciaron discursos, se dibujó sobre el papel de estraza marrón y sonó la guitarra que acompañaba las irónicas denuncias del querido Enrique Ballesté.


“Yo pienso que a mi pueblo...”

La manera de hacer crónica y denuncia de Enrique Ballesté era ingeniosa, divertida e irónica, le gustaba ridiculizar a la burguesía…
“toda su vida es una corbata”
Sus canciones también incluían insistentes consignas llenas de verdades, sus letras rápidamente se convertían en una especie de virus que todo el público terminaba por tararear.
“Un soldado es todo aquel que obedece a un coronel”
Su querida hermana, Mercedes, era mi compañera en el Colegio Madrid, por eso lo pude conocer más cercanamente, un día en su casa, allá al final de la calle Progreso, platicamos largamente sobre cómo concebía el teatro independiente, lo complejo que sería cimentar adecuadamente el proyecto del Centro Libre de Experimentación Teatral y Artística (CLETA), del que era cofundador, y de lo que quería hacer con su grupo Zumbón. Al hablar de la música en México, de pronto me dijo: mira, lo que tú tienes que hacer es escuchar a chavela y me regaló el álbum doble color rosa mexicano de Chavela Vargas, esto fue mucho antes que mi tocayo, Joaquín Sabina, la “descubriera”.
Ya teníamos ciertas tablas en La Peña Móvil cuando comenzamos a coincidir con Enrique en varios espacios, y es que él, además de cantar sus canciones, volvió algo cotidiano el organizar funciones en cuanto lugar se pudiera, fue entonces cuando nos invitó a trabajar con el modelo de intercalar fragmentos teatrales y la música latinoamericana que nosotros interpretábamos. Era una época en la que muchos nos sentíamos con la obligación, (y además hasta creíamos que contábamos con la capacidad de hacerlo,) de incluirnos en la necesaria y difícil misión de “crear conciencia ” y quizá por ello, coincidimos en varios de los sitios que paso a paso se estaban “ganando” con la intención de transformarlos en foros populares.
Y todo esto duró algunos años hasta que tristemente algunos de estos espacios fueron absurdamente vandalizados, me refiero a lo que sucedió a la Casa del Lago, el Foro Isabelino y en el Auditorio Justo-Che, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, el cual por cierto aún sigue en las mismas, y es que, “Eso de jugar a la vida es algo que a veces duele”.
Enrique fue un ser perseverante, uno de aquellos que supo encontrar, de manera inteligente, las razones para expresar lo nuestro, para ganar terreno, para defender la causa, el fue sin duda, hasta sus últimos días, todo un ícono del teatro de búsqueda, un insistente explorador de formas atrevidas, un incansable promotor de lo que fuera necesario para que los jóvenes pudieran subir a los escenarios, influenció a muchos para que se comprometieran a decir la verdad con claridad, con humor, con una ideología bien dirigida y definida, cuestión que ahora, en medio del tan confuso proceso electoral que se nos viene encima, me pregunto, ¿hay quién entienda qué es lo que sucede?
El sabía que había mucho por hacer y comprobó que luchando a su manera, se podían lograr grandes cosas, por eso nunca abandonó su forma tan comprometida de hacer canciones, de hacer escuela y de hacer teatro.
De nuevo, otra vez un fatídico 19 de septiembre, pero el de hace 2 años, se conoció la triste noticia...partió Enrique. Entonces aparecieron los viejos amigos, los que entendieron, apreciaron y trabajaron con sus tesis y hubo varios que le dedicaron algunas líneas.
José Ramón Enríquez en su texto, Un autor imprescindible, escribió : “Ballesté planteó la búsqueda de un teatro que incidiera en la realidad... para modificarla”; Jesús Coronado del colectivo El Rinoceronte Enamorado, lo calificó como el “poeta de la revolución que estamos esperando”; su contemporáneo, y hasta hace poco director de la Compañía Nacional de Teatro, Luis de Tavira lo llamó el “dramaturgo del 68” y La revista Paso de Gato lo describió como “el maestro del teatro en libertad”.

“Sobre una cama giran los ejes del reloj”

Se fue el creador congruente, poseedor de su propia arma transformadora, un personaje que tenía muy clara cuál era la verdadera misión del teatro independiente. Su vehemencia se puede resumir con sus propias palabras:
“No existía una dramaturgia popular, había que hacerla y por eso utilizamos la creación colectiva, todo lo hacíamos en plural, nada en singular y éramos (tenían que serlo, digo yo) de tiempo completo”.
Por ahí quedan sus obras que sin duda seguirán en los escenarios “Mínimo quiere hacer”, “Puente alto”, “Vida y obra de Dalomismo”, “Los Flores Guerra”, entre tantas otras.
Enrique fue, en aquel entonces y hasta sus últimos días, todo un ícono del teatro de búsqueda, el artista que supo hacer del escenario un lugar para dramatizar las verdades, entendió que debía intentar comunicar las ideas de una manera agradable, artística, comprometida, musical y, desde luego, siempre muy teatral.
Su trabajo quedará presente en los nuevos foros solidarios que seguramente seguirán surgiendo, y ahí, las generaciones emergentes que continúen con sus pasos, entenderán por qué él aseguraba que lo importante al jugar con la vida consistía en conocer y entender el dolor que siempre la acompaña.
Yo estoy seguro que al lado de nuestras queridas compañeras y amigas, Tehua y Amparo, perfectas intérpretes de sus creaciones, en algún rinconcito solidario del cosmos libertario, seguirán los tres a coro entonando sus significativas canciones.

Joaquín Berruecos.
Tlalpan CDMX
Enero 15 del 2018.